El trastorno por déficit de atención afecta a casi 47 millones de niños en el mundo
El trastorno por déficit de atención afecta a casi 47 millones de niños en el mundo. En 2021, casi 47 millones de niños y jóvenes menores de 20 años vivían con un trastorno por déficit de atención, con o sin hiperactividad, en el mundo. Este trastorno, caracterizado por dificultades persistentes para concentrarse, impulsividad o inquietud excesiva, representa un importante desafío de salud pública. Las cifras revelan una prevalencia mundial del 1,78 %, lo que significa que aproximadamente uno de cada 56 niños está afectado.
Australia se destaca como el país donde este trastorno es más frecuente, con una tasa del 5,62 %, seguido de cerca por otras regiones como Australasia. En cambio, ciertas zonas de África o Asia presentan tasas mucho más bajas, a menudo debido a un acceso limitado al diagnóstico y a la atención especializada. Las diferencias observadas entre países se explican en parte por criterios culturales variados en la percepción de los síntomas. En las sociedades donde las expectativas hacia los niños son más estrictas, los comportamientos asociados a este trastorno se identifican más fácilmente como problemáticos.
Los niños están mucho más afectados que las niñas, con una prevalencia del 2,52 % frente al 0,99 %. Esta disparidad se explica, entre otras cosas, por el hecho de que los niños suelen manifestar síntomas más visibles, como la hiperactividad, que llaman más la atención de los padres y los profesores. En las niñas, los signos pasan más desapercibidos, ya que tienden a interiorizar más sus dificultades, como el soñar despiertas o los problemas de organización.
El número total de casos ha aumentado casi un 10 % desde 1990, pero este incremento se debe principalmente al crecimiento demográfico mundial. En realidad, las tasas de prevalencia e incidencia han disminuido ligeramente, un 6 % y un 5,8 % respectivamente. Esto sugiere que la proporción de niños afectados se mantiene estable, e incluso disminuye ligeramente, a pesar de una mejor detección en algunos países.
Este trastorno también tiene un impacto significativo en la calidad de vida. En 2021, fue responsable de la pérdida de casi 575.000 años de vida saludable en jóvenes menores de 20 años. Esta cifra incluye los años vividos con limitaciones funcionales, pero no las muertes prematuras, ya que el trastorno no está directamente relacionado con un aumento de la mortalidad. Sin embargo, estudios recientes muestran que las personas afectadas tienen un mayor riesgo de accidentes o suicidios, lo que podría significar que la carga real está subestimada.
Los síntomas suelen aparecer entre los 3 y los 12 años, con un pico de diagnóstico entre los 5 y los 9 años. El impacto es mayor entre los 10 y los 14 años, período en el que las exigencias escolares y sociales se vuelven más urgentes. Con la edad, algunos niños ven cómo sus síntomas se reducen, pero muchos siguen enfrentando dificultades en la adolescencia, especialmente debido a problemas de autoestima o relaciones sociales.
Los países más desarrollados registran tasas de prevalencia más altas. Esto no significa que el trastorno sea más frecuente allí, sino que los sistemas de salud están mejor equipados para detectarlo. En regiones donde faltan recursos, como en el África subsahariana o en ciertas partes de Asia, muchos casos pasan desapercibidos. Las familias a menudo deben recorrer largas distancias para acceder a un especialista, y las listas de espera pueden extenderse durante varios meses, retrasando así el tratamiento.
Las causas de este trastorno son múltiples e implican una combinación de factores genéticos y ambientales. Sin embargo, no hay pruebas sólidas de que existan diferencias biológicas importantes entre las poblaciones. Las variaciones observadas se explican más por diferencias en la forma en que se perciben e interpretan los síntomas. Por ejemplo, en culturas donde la inquietud es menos tolerada, los niños tienen más probabilidades de ser derivados a un diagnóstico.
Finalmente, aunque las cifras actuales ofrecen una visión global, podrían subestimar la realidad. Los métodos utilizados para estimar la prevalencia se basan en parte en extrapolaciones, especialmente en países donde faltan datos. Además, la carga asociada a este trastorno no tiene en cuenta problemas relacionados, como la ansiedad, la depresión o los trastornos de conducta, que a menudo agravan la situación de los niños afectados.
El trastorno por déficit de atención afecta a casi 47 millones de niños en el mundo. En 2021, casi 47 millones de niños y jóvenes menores de 20 años vivían con un trastorno por déficit de atención, con o sin hiperactividad, en el mundo. Este trastorno, caracterizado por dificultades persistentes para concentrarse, impulsividad o inquietud excesiva, representa un importante desafío de salud pública. Las cifras revelan una prevalencia mundial del 1,78 %, lo que significa que aproximadamente uno de cada 56 niños está afectado.
Australia se destaca como el país donde este trastorno es más frecuente, con una tasa del 5,62 %, seguido de cerca por otras regiones como Australasia. En cambio, ciertas zonas de África o Asia presentan tasas mucho más bajas, a menudo debido a un acceso limitado al diagnóstico y a la atención especializada. Las diferencias observadas entre países se explican en parte por criterios culturales variados en la percepción de los síntomas. En las sociedades donde las expectativas hacia los niños son más estrictas, los comportamientos asociados a este trastorno se identifican más fácilmente como problemáticos.
Los niños están mucho más afectados que las niñas, con una prevalencia del 2,52 % frente al 0,99 %. Esta disparidad se explica, entre otras cosas, por el hecho de que los niños suelen manifestar síntomas más visibles, como la hiperactividad, que llaman más la atención de los padres y los profesores. En las niñas, los signos pasan más desapercibidos, ya que tienden a interiorizar más sus dificultades, como el soñar despiertas o los problemas de organización.
El número total de casos ha aumentado casi un 10 % desde 1990, pero este incremento se debe principalmente al crecimiento demográfico mundial. En realidad, las tasas de prevalencia e incidencia han disminuido ligeramente, un 6 % y un 5,8 % respectivamente. Esto sugiere que la proporción de niños afectados se mantiene estable, e incluso disminuye ligeramente, a pesar de una mejor detección en algunos países.
Este trastorno también tiene un impacto significativo en la calidad de vida. En 2021, fue responsable de la pérdida de casi 575.000 años de vida saludable en jóvenes menores de 20 años. Esta cifra incluye los años vividos con limitaciones funcionales, pero no las muertes prematuras, ya que el trastorno no está directamente relacionado con un aumento de la mortalidad. Sin embargo, estudios recientes muestran que las personas afectadas tienen un mayor riesgo de accidentes o suicidios, lo que podría significar que la carga real está subestimada.
Los síntomas suelen aparecer entre los 3 y los 12 años, con un pico de diagnóstico entre los 5 y los 9 años. El impacto es mayor entre los 10 y los 14 años, período en el que las exigencias escolares y sociales se vuelven más urgentes. Con la edad, algunos niños ven cómo sus síntomas se reducen, pero muchos siguen enfrentando dificultades en la adolescencia, especialmente debido a problemas de autoestima o relaciones sociales.
Los países más desarrollados registran tasas de prevalencia más altas. Esto no significa que el trastorno sea más frecuente allí, sino que los sistemas de salud están mejor equipados para detectarlo. En regiones donde faltan recursos, como en el África subsahariana o en ciertas partes de Asia, muchos casos pasan desapercibidos. Las familias a menudo deben recorrer largas distancias para acceder a un especialista, y las listas de espera pueden extenderse durante varios meses, retrasando así el tratamiento.
Las causas de este trastorno son múltiples e implican una combinación de factores genéticos y ambientales. Sin embargo, no hay pruebas sólidas de que existan diferencias biológicas importantes entre las poblaciones. Las variaciones observadas se explican más por diferencias en la forma en que se perciben e interpretan los síntomas. Por ejemplo, en culturas donde la inquietud es menos tolerada, los niños tienen más probabilidades de ser derivados a un diagnóstico.
Finalmente, aunque las cifras actuales ofrecen una visión global, podrían subestimar la realidad. Los métodos utilizados para estimar la prevalencia se basan en parte en extrapolaciones, especialmente en países donde faltan datos. Además, la carga asociada a este trastorno no tiene en cuenta problemas relacionados, como la ansiedad, la depresión o los trastornos de conducta, que a menudo agravan la situación de los niños afectados.
Sources du média
Document de référence
DOI : https://doi.org/10.1038/s41380-026-03683-4
Titre : Incidence, prevalence, and global burden of attention-deficit/hyperactivity disorder from 1990 to 2021 across 204 countries in individuals under age 20: data, with critical appraisal, from the 2021 Global Burden of Disease study
Revue : Molecular Psychiatry
Éditeur : Springer Science and Business Media LLC
Auteurs : Samuele Cortese; Min Seo Kim; Jong Hoon Han; Sarah Soyeon Oh; Dong Keon Yon; Jae II Shin; Marco Solmi